La masa de la Tejedora se concentraba en su enorme abdomen con forma de lágrima, que colgaba hacia abajo desde el cuello-cadera, una fruta densa y bulbosa de más de dos metros de largo y uno y medio de ancho. Era absolutamente liso y suave, y su quitina irradiaba una negra iridiscencia. La cabeza de la criatura tenía el tamaño del pecho de un hombre. Quedaba suspendida del frente del abdomen, a un tercio del camino hasta su coronación. La gruesa curva del cuerpo se alzaba amenazadora como unos inmensos hombros envueltos en gasa negra.
La cabeza giró lentamente para observar a los visitantes. La zona superior era suave y pelada, como un cráneo humano pintado de negro. Mostraba múltiples ojos de color sangre: dos orbes principales, grandes como la cabeza de un recién nacido, descansaban en cuencas hundidas a ambos lados; entre ellos había un tercero mucho menor; sobre este dos más; sobre ellos otros tres. Una intrincada y precisa constelación de destellos de oscuro escarlata. Una batería sin párpados.
Las complejas fauces de la Tejedora se separaron, flexionando la quijada interior, que estaba entre una mandíbula y un cepo de marfil negro. El esófago rezumante se flexionó y vibró en lo más profundo.
Las patas, delgadas y descarnadas como los tobillos humanos, brotaban de la estrecha banda de carne segmentada que unía la cabeza con el abdomen. La Tejedora caminaba sobre las cuatro patas traseras, que se alzaban hacia arriba y hacia fuera en un ángulo de cuarenta y cinco grados, doblándose casi medio metro por encima de la cabeza grotesca del monstruo, sobre el punto más alto del abdomen. Retrocedían entonces desde esta articulación bajando casi tres metros y terminaban en puntas lisas y afiladas como estiletes. Como una tarántula, la Tejedora alzaba una pata cada vez, levantándola mucho y bajándola con la delicadeza de un cirujano o de un artista. Era un movimiento lento, siniestro, inhumano.
Desde el mismo pliegue intrincado del que emergía ese gran armazón cuadrúpedo surgían dos juegos de patas más cortas. El primero, de tres metros de longitud, descansaba apuntando hacia arriba desde los codos. Cada una de aquellas delgadas y resistentes puntas de quitina terminaba en una garra de cuarenta y cinco centímetros, un cruel fragmento pulimentado de cascara roja, afilado como un escalpelo. En la base de cada arma brotaba un rizo de hueso arácnido, un garfio filudo para desgarrar y rebanar a las presas.
Estos kukris orgánicos se extendían como amplios cuernos, como lanzas, como ostentosas muestras de potencial asesino. Y, frente a ellos, el último par de miembros colgaba hacia abajo. En su extremo, a medio camino entre la cabeza de la Tejedora y el suelo, había un par de delgadas y diminutas manos, con cinco dedos alargados cada una. Solo las puntas lisas, sin uñas, y la piel de un alienígeno negro nacarado y absoluto, las distinguían de las de un niño humano.
La Tejedora dobló los codos hacia arriba para juntar aquellas manos, aplaudiendo y frotando lenta, incesantemente. Era un movimiento furtivo de horripilante humanidad, como el de un afectado sacerdote pecador. Las patas de lanza se acercaron un poco. Las garras rojizas giraron y relucieron en la no luz. Las manos se apretaron. El cuerpo de la Tejedora se echó hacia atrás antes de avanzar de forma alarmante.
...QUÉ OFRENDA QUÉ FAVOR LOS CORTADORES ARTICULADOS ME OFRECEN... dijo, extendiendo de repente la mano derecha.
Esa es una gran descripción ¿no creen? en realidad no pueden negarlo, admitan que se les escarapela la piel de imaginarse una Tejedora, pero no vayamos muy lejos, esta araña híper evolucionada (como me gusta pensar) es creación de un escritor de nombre China Miéville (a él le doy todo el crédito) y desde la primera vez que escuche las líneas que acabo de compartir con ustedes de labios del hombre sabio no he podido dejar de maravillarme aun más por los arácnidos; en estas vísperas soy poseedor de un espécimen completamente extraño para mi, la emoción de poder verlo, el propio vértigo que sientes cuando lo ves lanzarse sobre su presa (una ilusa mosca que le capture a mi araña) son realmente sorprendentes y a veces no puedo reprimir ese sentido de debilidad, de cierto temor, pero se que en el fondo es el respeto que siento por ellos, ese extraño escalofrió que me hace darles su espacio, no entiendo porque habría que seguir estrictas ordenes de acabar con una en cuanto se le ve (excepto cuando es absolutamente necesario, no puedo encontrar una situación que describa la situación) excusando peligrosidad pero solo abalando más el miedo que se les tiene. A mi me fascinan, otros les tienen fobia, eso demuestra que por muy ‘superiores’ que podamos ser aun nos aterran, verdugos de tiempos casi sin memoria que aun nos persiguen, me pregunto si él mundo seria distinto bajo la filosofía del insecto “¿me puedes comer?, no, entonces yo te como” si eso no es competencia pura yo soy un sacerdote asceta, pero bueno no nos alejemos de nuestro punto, mi entrada esta dedicada a los arácnidos, a un genero que si bien no es de los más grandes en el reino de los artrópodos, es uno de los que más atracción/fascinación y porque no cierto miedo/respeto siento, no puedo evitar esbozar una sonrisa y decirme ‘selección natural, ¿qué mierda nos tendrás preparado?’ porque estaría realmente aterrado en un mundo insecto donde las Tejedoras han formado una sociedad, donde son una mayoría (bueno, lo son, pero no son suficientemente grandes como para dominarnos ¿o si?) que podría derrocarnos, al diablo con ello, si puedo estudiar una de esas completamente podría morir tranquilo. La curiosidad siempre me ha movido y cuando me topo con una araña no es la excepción, pero si es más compulsiva; no tengo mucho más que decir salvo tal vez preguntarles ¿le temen a las arañas? creo que seria normal que todos contestaran que si, en cierta medida; pero quien sabe, tal vez existen más tipos con mi particular interés que ignoran a veces emociones superficiales como el miedo y las cambian por fascinación.
Au Revoir