La última entrada está ligada estrechamente a lo que la
sinceridad puede traer como consecuencia; vayamos a un polo alejado esta vez.
Qué pasa cuando no nos entendemos, que pasa si (así como Kundera dice) existe
un ‘diccionario de palabras incomprendidas’ que entorpece nuestra comunicación,
cosas que a veces se malinterpretan porque en nuestra cabeza significan otra
cosa pero para la otra persona fueron una bofetada. El conflicto se produce (o
mejor dicho, se inicia) con malentendidos, cojudeces como bien se diría, que
van arrastrando cosas con ellos, las mascaras se rompen o mejor dicho nos
ponemos otras, sacamos aquello que se había estado empolvando y lo arrojamos
contra esa persona, arrojamos todo contra ellos; ni siquiera hablamos,
arrojamos (casi vomitamos) nuestras palabras contra ello en un desesperado
intento de ‘hacerlos entrar en razón’ (casa más estúpida en ese contexto) que
es más bien un último intento de imponernos frente a otros, y no queremos verlo
de esta forma, es verborrea porque hablamos sin pensar dos veces lo que sale de
nuestros labios, y una vez fuera esos monstruos encadenan al otro y así de fácil
algo puede volverse irreconciliable. Lo he estado viendo últimamente, me
provoca hacerlo con algunos ‘parientes’ (aunque no se qué torcida y pútrida rama
nos conecta) y cortar de una vez por todas todo vinculo que nos pueda haber ‘unido’,
pero esa es otra historia aunque en realidad es lo que empujo a escribir esto
(entre otras cosas). Regresemos entonces sobre las letras y veamos una vez
aquella locución de Kundera, centrémonos en una palabra en particular ‘incomprendidas’,
un malentendido, una pequeña cicatriz desconsiderada que puede empujarnos a no
olvidar aquellas palabras o acciones que le dieron origen; yo he tenido un gran
número de malentendidos a lo largo de mis años y mi memoria no ha dejado
escapar uno solo, y lo creamos o no a eso van orientados, a dejar cicatrices
que sabrán quien la provoco y como es que sucedió todo exactamente, y aun más
alguna respuesta que conteste el cuándo. Tal vez los malentendidos son la
principal fuente de rencores, claro, al menos aquellos que nunca se resuelven
(que en mi opinión tristemente son una mayoría) y en algunos casos incluso
aquellos que se resuelven pero que por ese momento en el que pasaron no se
pueden pasar por alto; yo entiendo los malentendidos como algo casi
involuntario, como puse líneas arriba su ocurrencia se da porque aun cuando pintamos
de universal al lenguaje, hay veces que los monstruos que nacen en nuestros
labios han sido domados de cierta forma, forma que puede ser distinta a las de
otros; normalmente no me importaría, pero el hecho de usar las palabras
correctas es algo fundamental para mí y el hecho de encontrarnos continuamente
con este tipo de malentendidos a veces complica esta tarea. Claro, al menos
cuando hablamos de palabras la aclaración del caso suele ser un tanto más
amable en comparación con las acciones; cómo explicarlas, cómo enmendarlas (la religión
les ha dado una salida fácil ¿a que si?) y peor aun como tirar abajo el factor decisión
porque es de este punto que una acción se gesta, por eso cosas como ‘comportarse’
más amable con alguien para obtener algo me parece tan repugnante; si, con las
palabras se gesta algo que tiene una dimensión similar, pero es un hecho que el
filtro no es tan estricto como a la hora de ‘hacer’. A todo esto (y ya para
cerrar) debo aceptar que hay veces en que la propia estupidez o necedad no es
la que causa los conflictos o los malentendidos, (y esto hay que ir eliminándolo
progresivamente) si no una maquinación algo desviada que cree que aquella es la
forma más rápida de doblegar a otro, y una vez doblegado desprenderlo de todo,
pero cuidado con eso porque no hay hombre más peligroso que aquel que lo ha
perdido todo, y no hay hombre más desesperado que aquel que lo va a perder
todo.
Au revoir