...no hay reglas, no hay normas, no hay leyes; no hay otra guía que un poderoso instinto...
Friedrich Nietzsche (Ecce Homo)
Cuando se trata de revelarse estúpidamente (entiéndase de la peor manera posible) contra las normas y lineamientos que siempre buscan atarnos me convierto (tal vez) en el ser más impulsivo del universo, diciendo lo que en ese momento se arma en mi cabeza, sin importar a quien o con quienes me encuentre; tristemente no trato de depurar y pulir mis argumentos, simplemente los vomito y voy argumentando sobre la marcha, generalmente funciona porque realmente la otra parte no está preparada para el ritmo vertiginoso que toma la ‘conversación’ pero hay veces en las que me cruzo con seres tan extraños como yo y el evento toma una magnitud diferente, pero incluso ellos (al igual que yo) son impertinentes al seguir el juego. Lo realmente molesto es cruzarse con alguien que no trata de darte sentencias o argumentos o reglas, si no que te golpea con preguntas que te detienen y le dan el tiempo necesario para ‘noquearte’ con su propio ritmo de preguntas, desesperante y debo admitir que hasta este día no encuentro una manera decente de repeler eso, supongo que lo impulsivo de mis movimientos me limita un poco, el no pensar en mi siguiente paso tal vez es lo que debería cuidar pero de momento mi método ha servido, no es muy depurado pero en parte revela esa parte mortal (humana) que aun anida en mi, Nietzsche al menos se detendría a verme en ese estado pero no divaguemos o mejor dicho pongamos el tema en la mesa. No he sido claro en las primeras líneas pero quería vislumbrar los tipos de respuesta que las reglas ejercen sobre nosotros, de cierta forma (y tristemente) las reglas ya sea por su opresión o por el ir en contra de ellas nos moldean; los anarquistas podrán sentirse bien porque creen que los reglamentos no los afectan pero el hecho de que se opongan a este ya es una respuesta, como podrán adivinar para mí no hay inacción de las cosas en nosotros, cada evento, cada giro que damos altera nuestra visión del mundo. Podre decir que odio los reglamentos, en realidad muchos de ellos me parecen estúpidos, hipócritas incluso, porque su fin supremo (supuestamente) es velar por el orden que puede o no ser consensuado pero del que en ningún momento tienen se tiene poder. Las reglas en si existen para defender un único fin (así como muchas otras cosas es este multiverso), la consumación del poder. Tener maniatados a tus colaboradores te da la ventaja de hacer prácticamente cualquier cosa por el bien de la institución, porque se supone que hacia allí tiran esas cuerdas, en realidad (a mi parecer) lo hacen hacia quienes se beneficiarían de esto, algunas extrañas veces incluso excluyendo al dueño, aunque claro esto se hace cada vez más difícil ya que el solo hecho de ser contratado está resultando cada vez más complicado y lo que buscan no es gente con experiencia (que debería primar en estos casos) si no cabezas de turco gerenciales que al primer error puedan ser desplazadas, crucificadas; gente joven con disposición y algo de experiencia para barajar el CV (corríjanme si no es asi por favor), aunque esto incluso ya es raro porque generalmente suele ser gente de confianza la que toma estos cargos y por lo general no son muy capaces, suelen desconocer mucho de estos temas y lo curioso es que sabes perfectamente que tú corres más riego que ellos, todo un caso. Pero digamos que las reglas en estos casos han sufrido una diáspora masiva y estos personajes suelen ‘prescindir’ de ellas (palabra mal escogida en realidad, en todo caso son impunes) salvo escandalosos modelos que por falta de interés (y algo de conocimiento) prefiero dejar fuera de esta discusión.
Au revoir