Tomado de "Paraísos Artificiales"
A J. G. F.
Mi querida amiga:
El sentido común nos dice que las cosas terrenales apenas
existen y que la verdadera realidad sólo se da en los sueños. Para digerir la
dicha natural, así como la artificial, hay que tener, ante todo, el valor de
tragarla; y los que acaso merecerían la dicha son precisamente aquellos a
quienes la felicidad, tal como la conciben los mortales, ha hecho siempre el
efecto de un vomitivo.
A las personas ingenuas les parecerá raro, e incluso
impertinente, que un cuadro de deleites artificiales le sea dedicado a una
mujer: la fuente más corriente de los deleites más naturales. No obstante, es
evidente que, como el mundo natural penetra en el espiritual, le sirve de
alimento y contribuye de ese modo a operar esa amalgama indefinible que llamamos
nuestra individualidad, la mujer es el ser que proyecta la sombra más grande o
la luz más intensa en nuestros sueños. La mujer es fatalmente sugestiva; vive
una vida distinta de la propia; vive espiritualmente en las fantasías que
frecuenta y fecunda.
Por lo demás, importa poco que se comprenda el motivo de
esta dedicatoria. ¿Acaso es necesario, para satisfacción del autor, que
cualquier libro sea comprendido, excepto por aquel o por aquella para quien se
ha compuesto? En fin, para decirlo todo, ¿es indispensable que haya sido
escrito para alguien? En lo que a mí respecta, me interesa tan poco el mundo de
los vivos que, como esas mujeres ociosas y sensibles que envían, según se dice,
por correo sus confidencias a amigos imaginarios, de buena gana escribiría solo
para los muertos.
Pero no es a una muerta a la que dedico este librito, sino a
alguien que, aunque enferma, sigue en mi siempre activa y viviente y que ahora
vuelve todas sus miradas hacia el Cielo, ese lugar de todas las
transfiguraciones. Pues lo mismo que de una droga temible, el ser humano goza
el privilegio de poder obtener nuevos y sutiles placeres del dolor, la catástrofe
y la fatalidad.
Verás en este cuadro a un paseante sombrío y solitario,
sumido en el movedizo mar de las multitudes y enviando su corazón y sus
pensamientos a una Electra lejana que hace poco enjugaba su frente sudorosa y
refrescaba sus labios apergaminados por la fiebre, y adivinaras la gratitud de
otro Orestes, cuyas pesadillas velaste con frecuencia y cuyo espantoso sueño disipabas
con leve y maternal mano.
C.B.
Esta de más mencionar la mente que concibió esto, con la referencia del libro y sus iniciales es aun más fácil dar con él. Ahora, comparto esto porque me parece sumamente atemporal y le tengo gran respeto a ese tipo de letras, lo del autor es un plus.
Au revoir
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