Últimamente no encuentro con quien hablar, la única persona que entabla conversaciones medianamente interesantes solo está disponible en ‘horario de oficina (entiéndase eso como el monótono horario de estudios y casi todo trabajo que va desde las 8 horas hasta las 17 o 18 horas) y como les escribí ayer, ya me estoy hartando de mis silencios y de mis esquizofrénicas conversaciones ¿hora de salir por un trago? quién sabe, aunque personalmente no soy de los que gustan salir; me gusta caminar sin más compañía que mi ritmo cardiaco, me gusta estar rodeado del propio humo de mis cigarrillos pero odio estar rodeado de gente, me enferma su presencia y los lugares que encuentro abarrotados de estas son evitados, casi borrados de mi mapa mental (curiosa contradicción al momento de un concierto como el de Maiden, en el que todos éramos –en palabras de Maiden- “Blood brothers”) con una eventual (gran) posibilidad de no regresar nunca. Ese asco, ese evitar, ese silencio es lo que me ha llevado a este momento en el que me discuto ese mismo hecho; aquel infinito ‘loop’ me ha llevado prácticamente a recluirme en la comodidad de ‘mi espacio’ y la verdad no es tan apacible estos días como solía recordarla. La reclusión forma parte del mundo que conozco, me gusta conversar y hacer amistades que puedan resultar interesantes (y con este comentario descarto lo de ‘amistad por conveniencia, no me gusta aprovecharme de otro, me gusta jugar con ellos) que suelen ser muy escazas, como sea con eso no quiero dar a entender que soy ‘antisocial’ (no creo que tal definición sea precisa) creo que hay muchas imprecisiones al respecto, simplemente odio a la gente; odio lo inflado de los personajes que pobremente intentan interpretar, odio sus modismos y forma de expresarse, odio mucho de ellos, pero envidio (de alguna forma) esa ‘facilidad’ para tener ‘amigos’, esos diálogos sinsentido que tanto les gusta, lo vano, pero sé también que es muy difícil vivir sin frivolidad en nuestras vidas porque esta nos rodea, tratar de romper ese saco es romper con nuestro mismo mundo, ya lo intente y al menos eso es lo que pasa cuando fallas, no puedes ver todo con los mismos ojos, te preguntas incluso porque las expresiones en la cara de un persona cercana a ti, desprecias cuanta conversación vana pueda llegar a tus oídos, cuanta explicación falta de sentido escuchas, es difícil ‘re-adaptarse’ al mundo que nos vio hace un par de horas. Pero me basta regresar al ritmo de mis conversaciones anteriores, de las risas y razones que comparto con unos pocos, no la imagen que suelo mostrar sino el particular matiz que es incisivo, procaz y ligeramente demente, un ‘yo que a decir verdad extraño algo, pero no hay tiempo para lamentarnos, nuestro reloj sigue dando cuerda y las conversaciones siguen su curso, no hay quien nos diga que podremos recuperar el tiempo (y no se trata de resignación) que perdimos ilusamente, creo yo que la habilidad de una persona se ve en como maneja el tiempo que le resta. Al final de cuentas se que podre reincorporarme con éxito a mi vida social, se que en algún momento tendré que tragarme todas las estupideces de una conversación sin mayor sentido que el sentir de la otra persona, que compartan contigo cosas que no pueden ser muy útiles pero de las que podemos sacar algo de compañía, algo de comprensión y podremos decirnos ‘bien…aun hay quienes pueden tolerarnos’ y reírnos de la vida. Aguantar el ruido y el silencio es lo que nos curte de alguna manera (al menos en mi caso lo encuentro así) y nos enseña finalmente a encontrar ese equilibrio que tanto buscamos (así no lo aparentemos) porque nadie puede vivir en los repugnantes extremos, al menos así lo entiendo; no puedo concebir que alguien añore solo ruido o solo silencio porque incluso en esos casos nuestra propia presencia se haría insoportable y nos empujaría a bordes que no conocíamos, que no querríamos conocer.
Au revoir
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