La muerte en si nos hace notar que tan efímeros somos, nos obliga a vernos tan indefensos como la primera vez que pisamos esta realidad. Los eventos que suceden a esta, cito aquí entierros y funerales, me parecen de lo más desagradable; evidentemente se que duele, que pesa, pero esa no es razón suficiente para mantenernos privados temporalmente de la vitalidad con la que contamos, llorar no revivirá a nadie y sé que es duro, que tal vez (dependiendo de la persona) es muy difícil de controlar, pero algo deberíamos hacer, el desconsuelo es contagioso.
Lo que me preocupa un poco con respecto a lo anterior es que casi no he lamentado muertes, se que la de mi abuelo paterno me debe haber jodido mucho, pero creo era demasiado pequeño como para entender esos conceptos o tal vez fue mi cabeza la que los bloqueó; y esa debió ser la primera muerte documentada en mi largo haber funerario, no se a cuantas misas he asistido, misas a las que iba realmente a regañadientes y que particularmente me desagradan tanto como sus dichosos eventos previos.
Me explico acerca de mi falta de tino para apreciar tales eventos, tanto los funerales como los entierros cargan esa atmosfera tan diáfana de vida y los acordes de llantos que lloran al difunto, y aun más llantos hay al momento del entierro donde hay quienes recuerdan al personaje y aquí muchos se rompen (debo admitir que mi temple queda reducido frente a estas situaciones cuando se trata de personajes con los que he vivido mucho) y hacen más desagradable para todos el estar calmados (que es lo más recomendable para cualquier situación). Pero en mi conversación vespertina con el hombre sabio tuve que admitir (dados los ejemplos) que para mi desagrado existen otro tipo de seres que se regocijan cuando hayan una de estas torcidas celebraciones, me parece realmente lamentable, pero quién soy yo para cuestionar gustos ya que esta realidad es libre (por suerte).
El recordar nuestra mortalidad nos da cierto grado de preparación al momento que los años nos recuerdan que los hemos ido almacenando sobre nuestras espaldas y que lamentablemente no somos los inmortales que tanto ansiábamos ser. La desesperación de aquellos que nos rodean es tal que a veces llegan a romper nuestra convicción acerca de nuestro propio final (nuestra tan ansiada y nada agónica muerte) y eso no tendría por qué ser asi, o al menos mi retorcida mente asi lo supone. Por otro lado también se suele tomar una postura errada en cuanto a recordar al difunto, pues se le toma con algo de melancolía asi se trate de un relato feliz malograremos esa gratificante memoria con un ‘pobrecito’; yo simplemente lo recordaría por lo que vivimos, por los buenos y los malos tiempos, pero no incluiría a la tristeza en ningún caso, al contrario lo haría con la mayor de las alegrías, piénsenlo pues en el fondo les otorgamos algo de inmortalidad con nuestras palabras y memorias.
Si creían que escaparían a la pregunta les diré que por ahora es tan inevitable como la muerte, de la que ya me animare a hablarles, pero por ahora deténganse en esto: ¿pueden las memorias otorgar inmortalidad? y por otro lado, ¿qué clase de recuerdos merecen sus difuntos? yo les deje conocer mi opinión en el último párrafo y por otro lado ¿qué tipo de muerte desearían? esta torcida idea vino a mi luego de recordar mi fallida muerte onírica hace unos días (y debo decir que me pareció desesperante pues me asfixiaban, es algo que realmente no deseo para nadie) y para mí al menos la respuesta ya fue dada, y el maestro la expresa muy bien con un pasaje de la guerra de Troya (y que el hombre sabio también me recordó esta mañana) ‘…a Eneas se le ofreció una tentadora oferta, una muerte sin sufrimiento, sin agonía…’ yo tomaría la oferta, ¿qué hay de ustedes?
Lo que me preocupa un poco con respecto a lo anterior es que casi no he lamentado muertes, se que la de mi abuelo paterno me debe haber jodido mucho, pero creo era demasiado pequeño como para entender esos conceptos o tal vez fue mi cabeza la que los bloqueó; y esa debió ser la primera muerte documentada en mi largo haber funerario, no se a cuantas misas he asistido, misas a las que iba realmente a regañadientes y que particularmente me desagradan tanto como sus dichosos eventos previos.
Me explico acerca de mi falta de tino para apreciar tales eventos, tanto los funerales como los entierros cargan esa atmosfera tan diáfana de vida y los acordes de llantos que lloran al difunto, y aun más llantos hay al momento del entierro donde hay quienes recuerdan al personaje y aquí muchos se rompen (debo admitir que mi temple queda reducido frente a estas situaciones cuando se trata de personajes con los que he vivido mucho) y hacen más desagradable para todos el estar calmados (que es lo más recomendable para cualquier situación). Pero en mi conversación vespertina con el hombre sabio tuve que admitir (dados los ejemplos) que para mi desagrado existen otro tipo de seres que se regocijan cuando hayan una de estas torcidas celebraciones, me parece realmente lamentable, pero quién soy yo para cuestionar gustos ya que esta realidad es libre (por suerte).
El recordar nuestra mortalidad nos da cierto grado de preparación al momento que los años nos recuerdan que los hemos ido almacenando sobre nuestras espaldas y que lamentablemente no somos los inmortales que tanto ansiábamos ser. La desesperación de aquellos que nos rodean es tal que a veces llegan a romper nuestra convicción acerca de nuestro propio final (nuestra tan ansiada y nada agónica muerte) y eso no tendría por qué ser asi, o al menos mi retorcida mente asi lo supone. Por otro lado también se suele tomar una postura errada en cuanto a recordar al difunto, pues se le toma con algo de melancolía asi se trate de un relato feliz malograremos esa gratificante memoria con un ‘pobrecito’; yo simplemente lo recordaría por lo que vivimos, por los buenos y los malos tiempos, pero no incluiría a la tristeza en ningún caso, al contrario lo haría con la mayor de las alegrías, piénsenlo pues en el fondo les otorgamos algo de inmortalidad con nuestras palabras y memorias.
Si creían que escaparían a la pregunta les diré que por ahora es tan inevitable como la muerte, de la que ya me animare a hablarles, pero por ahora deténganse en esto: ¿pueden las memorias otorgar inmortalidad? y por otro lado, ¿qué clase de recuerdos merecen sus difuntos? yo les deje conocer mi opinión en el último párrafo y por otro lado ¿qué tipo de muerte desearían? esta torcida idea vino a mi luego de recordar mi fallida muerte onírica hace unos días (y debo decir que me pareció desesperante pues me asfixiaban, es algo que realmente no deseo para nadie) y para mí al menos la respuesta ya fue dada, y el maestro la expresa muy bien con un pasaje de la guerra de Troya (y que el hombre sabio también me recordó esta mañana) ‘…a Eneas se le ofreció una tentadora oferta, una muerte sin sufrimiento, sin agonía…’ yo tomaría la oferta, ¿qué hay de ustedes?
Au Revoir